diumenge, 26 de juny de 2011

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Me levanto, me siento a su lado y le doy un abrazo. Largo, larguísimo, con los ojos cerrados. Un abrazo totalmente libre. Y el viento intenta pasar entre nuestros brazos, nuestra sonrisa, nuestras mejillas, entre nuestro pelo. Nada, no lo consigue, no pasa. Nada nos separa. Sólo oigo pequeñas olas que se rompen debajo de nosotros, la respiración del mar, que hace eco en nuestras respiraciones, que saben a sal. Y a ella. Y por un instante tengo miedo. ¿De tener ganas de perderme otra vez? ¿Y después? ¿Qué pasará? Bah. Me relajo. Me pierdo en ese abrazo. Y abandono ese pensamiento. Porque es un miedo que me gusta, sano.

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